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Arturo Michelena

El 16 de junio de 1863 nacía, en la ciudad de Valencia, Francisco Arturo Michelena Castillo, hijo del pintor Juan Antonio Michelena y de Socorro Castillo, hija del también artista Pedro Castillo. Sus primeras enseñanzas las recibe de su tía, Edelmira Michelena, y desde muy niño se destaca como un ágil dibujante. Luego sería su padre su principal mentor durante los primeros años de educación formal, quien a su vez había sido alumno de Carmelo Fernández en la Escuela de Dibujo y Pintura de Valencia. Juntos fundan en 1879 una escuela de pintura. Para 1883 participa en la Exposición Nacional de Venezuela, celebrada en la Academia de Bellas Artes con motivo del centenario del nacimiento de Simón Bolívar. Allí tiene contacto por primera vez con importantes pintores venezolanos, como Cristóbal Rojas y Martín Tovar y Tovar. En 1885 parte para Francia, gracias a una beca de 60 pesos otorgada por el presidente Joaquín Crespo. Allí continúa con su educación en la Academia Julian, de la mano de Jean Paul Laurens, desarrollando su técnica y obteniendo grandes éxitos y fama internacional, siempre dentro del canon academicista y ajeno a las nuevas tendencias del impresionismo. La pensión del gobierno le es retirada en 1887. En 1890 retorna a Caracas, y contrae nupcias con Lastenia Tello Mendoza, hija del general José Ramón Tello y Mercedes Mendoza. Ese mismo año parte para París junto con su esposa, pero en 1892 le es diagnosticada tuberculosis, por lo que se le hace imperativo regresar al país. Tres años más tarde adquiere un solar en La Pastora, Caracas, donde funda el “Estudio Michelena”, y se dedicará a la ejecución de sus obras y a la enseñanza artística hasta 1898, año de su fallecimiento, en plena madurez pictórica.

Michelena paisajista

Durante su juventud, Michelena se destacó como un inquieto observador de la naturaleza, tanto de la flora y la fauna, como del entorno. Sin embargo, debido a que el paisaje no era uno de los géneros más abordado por las academias francesas, durante la madurez no fue especialmente pródigo en la producción de escenas naturales, y son más bien pocas las que se conocen de su abundante producción. Aunque los primeros paisajes datan de la etapa de formación en su Valencia natal, es luego de la revelación de la enfermedad y del regreso a Venezuela cuando, viviendo bucólicamente en Los Teques, comienza a preocuparse un poco menos de los rasgos exactos de un rostro para interesarse más por los ricos fenómenos de la luz, aunque siempre dentro de los cánones de su formación académica, sin llegar a interesarse por las técnicas impresionistas. En esta etapa de la vida, su salud requiere de delicados cuidados y de un clima benigno. Tal vez tomando esto como excusa, toma los pinceles y sale al campo a pintar, para mitigar los síntomas de la tuberculosis. Ya en Francia había realizado este ejercicio como medio de búsqueda del anhelado reposo prescrito por los médicos. Los críticos han visto en la producción paisajista de Michelena dos “direcciones”: la primera de ellas se refiere a obras de menor formato, apartadas de la grandilocuencia de sus enormes lienzos, en las que el paisaje y las escenas exteriores son el tema principal, autónomo, aunque en una escala menor. La segunda se ubica justamente, en sus lienzos de gran formato. Para Alfredo Boulton, incluso en obras de marcada importancia como Pentesilea y Vuelvan caras donde la naturaleza y el paisaje juegan un papel fundamental, aparece apenas tratado superficialmente. Y según Juan Calzadilla, en estos mismos lienzos, el paisaje se convierte solamente en una referencia para enmarcar su temática, bien sea mitológica, histórica, religiosa o cotidiana.

Michelena y la religión

Si bien desde muy temprano, durante su niñez y adolescencia, el joven pintor aborda la devoción religiosa, va ser  principalmente en sus últimos años de vida donde se concentre gran parte de su producción de obras con esta temática. A excepción del magistral regalo de bodas para su esposa Lastenia Tello, en la forma de la Virgen de los desposados, donde ella misma funge como modelo, es en esta etapa cuando recibe diversos encargos de las autoridades eclesiásticas, como La última cena solicitada para la Catedral de Caracas por el Arzobispo Críspulo Uzcátegui y La multiplicación de los panes para la Basílica de Santa Capilla. Muchos autores han querido ver un acercamiento del pintor hacia el consuelo de la fe católica sabiéndose próximo a abandonar la vida terrenal. Ya de regreso en Venezuela y establecido en Los Teques, siente que la enfermedad lo agobia y sabe que la muerte se acerca, por eso busca reconciliarse con sus creencias religiosas, y lo consigue de la manera que mejor conoce, a través de la pintura. En una carta dirigida a su hermano Manuel, haciendo referencia a las obras encargadas por la iglesia de Santa Capilla,  expresa el temor de que su fugaz existencia sea olvidada: “Verdad es que, antes que el lucro, me anima a la ejecución de estas dos obras el deseo de que se conserven en lugar sagrado y constantemente expuestas. Así algo quedará de mis pobres obras, y, una vez muerto yo, no seré del todo dado al olvido”.

Michelena y la épica historia nacional

A pesar de que su formación académica es netamente europea, es innegable que la fama que consigue Arturo Michelena entre sus coterráneos es debida principalmente a las obras en las que plasma con grandiosidad los temas nacionales de Venezuela. Michelena, a pedido expreso del gobierno venezolano, ayudó a construir una gran mitología épica que mediante la representación de heroicos episodios históricos permitiera la creación de una sólida identidad nacional. Cuando al pintor se le brinda la oportunidad de convertirse en narrador histórico, se engrandece, y alcanza su máxima expresión en el momento de transmitir la emotividad pictórica del instante dramático. Para el crítico Alfredo Boulton, precisamente “ese es el gran aporte de este pintor, quien abrió, aún más, las puertas de nuestra historia gráfica, para que el pueblo conociese mejor su pasado y sus raíces”.  Próceres de la independencia, grandes hombres que llenan las páginas de los volúmenes donde se narran sus grandes gestas, pasaron por el pincel del valenciano. Es ahí donde Michelena se siente más a gusto, donde la retórica formalista aprendida de su maestro Jean-Paul Laurens lo estimula. Sin lugar a dudas, los críticos coinciden en darle a las obras de Michelena que narran los episodios de historia patria la máxima importancia dentro de toda su producción pictórica.

El Salón Oficial de artistas en Francia

El Salón Oficial anual es el evento pictórico por excelencia en París. Para todos los pintores, y Michelena no es la excepción, ocupar allí un sitio significa alcanzar el reconocimiento supremo. Él ha elegido ser un pintor académico y cumple a cabalidad con las temáticas del Salón, que abarca mitología, historia, alegorías, retratos, lejano Oriente y miseria. Concursa siete veces entre 1886 y 1893 (salvo 1890 por encontrarse en Venezuela), obteniendo premiación y éxitos de crítica desde el comienzo. En 1886 participa por primera vez con el Retrato del Sr. Henri Daguerre, pero es al año siguiente con El niño enfermo cuando alcanza el máximo Premio Oficial posible a ser otorgado a un artista extranjero: la Medalla de Oro en Segunda Clase. A partir del año siguiente, habiendo ya alcanzado el máximo galardón, sus obras se expondrán “fuera de concurso” y en 1888 envía el óleo de gran formato  La Caridad, obteniendo muy buena crítica. Si bien no podía ser premiado otra vez en el Salón, esto no es obstáculo para participar en otros certámenes, y con motivo de la Exposición Universal de París de 1889 prepara Carlota Corday camino al cadalso, otro lienzo de gran formato, de temática histórica francesa y con el que obtendría Medalla de Oro en Primera Clase. Si bien se reservó su mejor obra para la Exposición, no deja de acudir fuera de concurso al Salón de ese año, enviando las obras La joven madre y El granizo de Reims. Luego de la pausa obligada de 1890, decide participar en el Salón de 1891 con su obra más ambiciosa e importante realizada hasta ese momento. Concibe Pentesilea, monumental tanto en tamaño como en significación, un proyecto grandioso y de medidas descomunales que se ubica dentro de la temática mitológica en boga a finales del siglo XIX. Para el 1892, después de muchas horas de trabajo invertidas y gran cantidad de estudios, apuntes y bocetos, acude con La vara rota, escena taurina de gran formato. En 1893, la salud del artista se había deteriorado hasta el punto de hacérsele imperativo su regreso a Venezuela. No volvería más a Francia, sin embargo ese mismo año enviaría su última participación al Salón Oficial, en la forma del retrato de Los morochos Aguerrevere.

Arturo y Lastenia

El 17 de julio de 1890 se celebra el matrimonio entre Arturo Michelena y Lastenia Tello de Michelena. A escasos meses de su recibimiento con honores en su Valencia natal, procedente de Francia, y del apoteósico homenaje realizado en el Teatro Municipal de Caracas, el enlace matrimonial, celebrado en la Catedral de Caracas, constituiría un nuevo agasajo de la alta sociedad caraqueña al célebre artista, donde incluso el Presidente Andueza Palacio sería testigos del acto. Ese mismo año partían para París, para regresar apenas dos años después, en busca de un clima más benigno. Las diferencias en el semblante de Lastenia entre su retrato vestida de rojo, pintado en 1890, y el ejecutado en 1898, vestida de solemne negro, son más que evidentes. Apenas ocho años duraría la unión, truncada por el fallecimiento del pintor, pero para Lastenia, Arturo Michelena nunca la abandonaría, y hasta el último momento, ella permanecería como fiel custodia de la memoria y el legado de su finado esposo. Lastenia siempre fue consciente de la necesidad de preservar y resguardar el legado histórico, incluso llegando a autenticar de su puño y letra sobre el lienzo, las obras que Michelena había dejado sin firmar. Salvo extrema necesidad, como en el caso de la venta de Pentesilea a la nación durante el gobierno de Juan Vicente Gómez, siempre opondría resistencia a desprenderse de las obras, y a medida la soledad y los recuerdos se acrecentaban con el tiempo, surgiría su preocupación acerca de la necesidad de preservar el legado. Su preocupación por brindar el estímulo necesario a la enseñanza académica de las artes en Venezuela la llevaría, en 1954 y con ocasión de la celebración del XV Salón Oficial Anual de Arte Venezolano, a la creación del Premio Arturo Michelena, enfocado en premiar obras de tendencia clásica en los que predomine la figura humana. Pero el último y más grande gesto llegaría con su partida, acaecida en 1958, al legar a la nación mediante su testamento, todo el patrimonio pictórico que aún conservaba, con la única finalidad de la creación de un museo que perpetuara la obra y la figura de su esposo.

Michelena cotidiano

En la vida cotidiana, existen hechos que comúnmente se podrían calificar de triviales, pero que en realidad poseen un profundo significado. El tiempo libre, la recreación y el ocio propician la libre creatividad y generan condiciones para que el hombre escape de la rutina y el aburrimiento. A modo de distracción hacia el final de su vida, Arturo Michelena se vuelve un apasionado del hipismo, al punto de adquirir una yegua, a la que bautizaría “Calista”. Siempre había sentido una especial atracción por los animales, en especial por los caballos, y esto se ve reflejado en gran parte de su producción pictórica. El 1° de marzo de 1896, durante el mandato del general Joaquín Crespo, se inaugura el Hipódromo de Sabana Grande. Su yegua participaría en varias carreras, venciendo en una de ellas al caballo “El Venezolano”, propiedad de Cipriano Castro. Otro medio para invertir el tiempo libre es la lectura, y Michelena encuentra tiempo dentro de su quehacer pictórico para ilustrar encargos editoriales, como los dramas Hernani y Lucrecia Borgia del escritor francés Víctor Hugo, en 1890. También, en 1895, se encargaría de la portada del Primer libro venezolano de literatura, ciencias y bellas artes. Por otra parte, siendo Michelena un retratista consumado, no es de extrañar que la mayoría de las familias más destacadas de la sociedad caraqueña quisieran contar en su patrimonio con una obra del destacado pintor. Más allá del simple retrato, sus obras reflejan las costumbres y preferencias a la hora de vestir, al menos de este estrato social.

Cronología

1863. Nace el 16 de junio Francisco Arturo Michelena Castillo, en Valencia, Edo. Carabobo. Es hijo del pintor Juan Antonio Michelena y Socorro Castillo. Su padre, de poco talento, abandona la pintura luego de la admiración que siente por su hijo. Su abuelo materno fue el pintor Pedro Castillo.

1871. Estudia en el Colegio Cagigal, que dirige el doctor Alejo Zuluaga.

1874. Francisco de Sales Pérez, importante empresario y figura pública que se convierte en su protector al reconocer el talento del joven.

1877. Ilustra el libro Costumbres Venezolanas de Francisco de Sales, edición de la imprenta y Librería de N. Ponce de León, New Cork, E.U.A.

1883. Con la finalidad de obtener una pensión de estudios para Arturo le presentan al presidente Guzmán Blanco el cuadro Alegoría de la República, que simboliza el decreto del 27 de abril de 1870 que declara la educación pública y obligatoria por el Estado Venezolano, pero no le es otorgada la misma. 

1885. En Valencia pinta Judith y Holofernes, de una copia de un grabado de una obra del pintor francés Claude Joseph Vernet. Culmina la obra El General Crespo en La Victoria. En abril finalmente es pensionado por el estado venezolano y parte rumbo a París. En julio estando  en la capital francesa se inscribe en la Academia Julian donde se encuentra con los artistas venezolanos Cristóbal Rojas y más tarde con Emilio Boggio con quienes entabla una gran amistad.

1887. Gana la Medalla de Oro de Segunda Clase en el Salón Oficial de los Artistas Francés, con la obra El Niño Enfermo. Pinta el retrato de su madre.

1888. Expone en el Salón Oficial las obras  La Caridad y el Retrato Ecuestre de Simón Bolívar. Pinta nuevos retratos: Jean Paul Laurens, Juan Francisco González y el Autorretrato de la Gorguera. Se muda a un nuevo taller en el Boulevard Raspail, 221.

1889. Realiza bocetos para los cuadros de temas históricos: El Paso de Los Andes, Retrato de Sucre, La Campaña Admirable. Termina el cuadro Carlota Corday camino al Cadalso. Envía al salón las obras: La Joven Madre y El granizo de Reims. Envía a la Exposición Universal de París la obra Carlota Corday Camino al Cadalso con el que  obtiene la Medalla de Oro de Primera Clase. Regresa a Venezuela.

1890. Contrae matrimonio con Lastenia Tello Mendoza. Realiza los retratos de Andueza Palacios y del general José Ramón Tello. Por encargo del gobierno, pinta el monumental cuadro Vuelvan Caras,  que retrata el instante en que José Antonio Páez en la Batalla de Las Queseras del Medio,  ordena a sus jinetes dar vuelta para arremeter contra la caballería española. En esta obra se le hace gloria al caudillo Páez, es regalada a la Municipalidad de New York como agradecimiento por la hospitalidad dada a Páez años atrás. Arturo Michelena regresa a París con su esposa.

1891. Pinta las obras de Escena de Circo y  El Campo de Marte.

1892. Contrae tuberculosis. Los médicos le recomiendan un clima benigno, sin embargo por los escasos recursos económicos decide regresar a su país natal y se instala en Los Teques.

1893. Envía por última vez al Salón Oficial de París desde Caracas, la obra   Los Hermanos Aguerrevere. Por encargo del gobierno venezolano realiza      La Alegoría de Colón, para exponerse en la Gran Exposición de Chicago. Pinta el famoso retrato de Arístides Rojas conocido como El Desván del Anticuario.

1895. Pinta el cuadro Muerte de Sucre en Berruecos.

1896. Realiza su obra más conocida: Miranda en la Carraca

1897. Concluye la decoración del Palacio de Miraflores: Diana Cazadora, Las Estaciones, Flora y Pomona, La Noche y La Aurora. Termina la obra La Multiplicación de los Panes, ubicada en Santa Capilla, Caracas.

1898. Arturo Michelena fallece el 29 de julio a los 35 años de edad. Deja inconclusas las obras El Panteón de los Héroes y La Última Cena.

1948. Los restos de Michelena son trasladados al Panteón Nacional donde reposan hasta la actualidad.

1958. Fallece la viuda de Michelena, quien legó las obras del artista que permanecían en la casa de La Pastora a la Nación Venezolana.

1961. El Estado adquiere el estudio de Michelena ubicado en La Pastora, y dos años más tarde se convierte en el Museo Nacional Arturo Michelena.